


No importa mucho el lugar, podría ser en cualquier punto de la isla. Primeramente, un individuo con mal acento castellano me gritó mientras fotografiaba unas orquídeas cerca de la valla de su casa –“tú no hacer fotos a mi casa”-, será imbécil, tal vez tenía algo que esconder. Seguí mi caminata y me encuentro una bonita valla de madera cerrando un camino que no hacía mucho tiempo que pasé por el. Me desvié y al cabo de un rato veo a un perro a unos cien metros plantado en medio del camino como esperando a que yo llegara, como me pareció tan seguro de sí y yo me había olvidado el bazoca en casa di media vuelta y me volví a casa.
Me entristece lo que últimamente me está ocurriendo, mucha gente que vive en la isla, ibicencos o no, se está amurallando, fortificando, cerrando sus dominios, procurándose una seguridad, no sé si desmesurada, que convertirá al campo en un laberinto de verjas y alambradas que romperá el encanto y la belleza de una isla que tenía fama de acogedora.
Me entristece lo que últimamente me está ocurriendo, mucha gente que vive en la isla, ibicencos o no, se está amurallando, fortificando, cerrando sus dominios, procurándose una seguridad, no sé si desmesurada, que convertirá al campo en un laberinto de verjas y alambradas que romperá el encanto y la belleza de una isla que tenía fama de acogedora.
















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