


Mientras los giris se amontonan en sus lugares de culto, Mambo, Savannah, Bar M y otros muchos, para presenciar, que no sentir, el ritual de la puesta de sol con sus cerebros embotados de alcohol y sustancias que muestran otra visión, otros, los de la otra Ibiza, se esconden en rincones más solitarios para que la comunión con el sol sea algo más íntimo. Después, sin dar tregua a que la mente se aclare, continúan con los llamados pre-partys de las fiestas que han seleccionado esa noche para rematar su intoxicación etílica y musical, y ya puestos y presentables para la ocasión inician su particular éxodo a su tierra prometida: Pachá, Amnesia, Space, Privilege, El Divino, Edén, Es Paradís, entre otras menos glamorosas. Otros, nos acercamos a algunos de nuestros reductos intocables y desconocidos por los hijos de la Reina de Inglaterra a tomarnos una cervecita o una hierbas si se tercian, como por ejemplo a Can Jordi, donde el sábado tocaban unos músicos maravillosos, guitarra, bajo, saxo y violín, que se habían reunido allí para tocar por primera vez juntos, éramos no más de treinta personas sentadas al aire libre mientras ellos tocaban bajo el porche de la tienda-bar música californiana de Allman Brothers con toques de jazz y clásica. Es nuestra Ibiza, la que no nos arrebatarán pase lo que pase.