
Me encuentro entre los que experimentan placer al regalar cosas, y no me refiero a cosas que a uno le sobran sino más bien a cosas que uno tiene aprecio o le gustan especialmente. Vaya gracia regalar lo que a ti te sobra o no deseas tenerlo.
Llevo un tiempo, un largo tiempo, en el que todavía se acentúa más esa alegría por desprenderme de cosas queridas (confío en el aprecio que las tendrá el destinatario), de descargar lastre (no porque soporte peso sino para vivir más liviano), de desahogarme de lo que me rodea (no porque me ahogue sino porque no le doy el uso que se merece), y así voy quedándome con lo imprescindible (si es que hay algo) para ir viviendo, en esta historia no entran los muebles y electrodomésticos del hogar a los que no tengo ningún apego, me refiero siempre a mis objetos más personales: ropa para vestirme, libros para leer, discos para escuchar, y los pequeños elementos decorativos que he ido recopilando en viajes y que me recuerdan cada lugar.
Espero impaciente el día en que me despierte, ponga los pies en el suelo, y sin más decida seleccionar los libros en paquetitos pequeños y decidir a quien y por dónde empiezo a repartirlos. Cuando termine de repartirlos empezar lo mismo con los CDS. Después también mis figuritas, mis piedrecitas,…
Dejaré para el final mis miles de fotos que por deferencia de la tecnología me las permite guardar en una cajita que llaman disco duro, y sólo las entregaré a quien crea que más las quiera en los finales de mis días (vete a saber en que formato se guardarán), porque soy de los que piensan que la última mudanza debe ser la más ligera, morirse sin nada material pero con el corazón hinchado de amor de los que te quieren.