
El diccionario dice que la tolerancia es el respeto a la libertad de los demás, a sus formas de pensar, de actuar, o a sus opiniones políticas o religiosas. Por tanto tolerar debe ser aceptar, admitir ideas u opiniones distintas de las propias.
Cuando la tolerancia se impregna de discrepancia activa y se provoca una discusión es fácil acabar acalorado y cada uno por su lado, o sea como si no se hubiera tolerado nada.
La línea que marca hasta donde se tolera es ancha y difusa, es como la luz que entra por un agujero, fácil de cortar obstruyéndolo pero al retirar la mano la luz continua fluyendo.
Cuando la discrepancia toma cuerpo, fácilmente se puede convertir en crítica, en ataque, en violencia verbal, o en consejo moralista que todavía es peor. Cuando uno tolera debería callar, y eso es muy difícil.
Cada uno debería ser responsable de lo que dice, por lo que los demás, aún no estando de acuerdo, deberían respetar. La cuestión, la línea difusa, es ver donde y cuando la opinión personal de uno penetra y daña la actuación de otro.
Aunque, tal vez, las cosas sólo sean como uno las siente, como uno las percibe y recibe, sin que importe quién ni cómo las emite. En cualquier caso mea culpa, lo que yo perciba y sienta es cosa mía, cada uno que exprese como quiera lo que crea que debe decir.
Creo que fue Rosa Luxemburgo la que citó: “La libertad termina donde empieza la de los demás.”
Es otra línea difusa.